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miércoles, 14 de enero de 2009

EL PATITO DE LA ACEQUIA



En los albores de los días buenos, cuando la bella warmy era una villa apacible, con gentes que solían contarse sus cosas con la desfachatez de parentela, surcaba una acequia muy cerca de la villa, entre torrentosos vientos y aguas blanquecinas se desplazaban diversos murmullos al igual de como se movían los sueños de los habitantes; en silencio y en calma sepulcral.

La acequia surcaba por donde hoy es la Calle Nueva y el Jirón Quilipe, por ese lugar, el misterio y el encanto había colado toda su energía y virtud, que al caminar muy cerca del lugar, el cuerpo del transeúnte lugareño o foráneo, se tornaba mágico y se envolvía de una sensación esotérica, que facilitaba que sus ojos no solo mirasen aguas calmadas y blanquecinas entre su recorrido, sino que veía muchas cosas más.

La magia se acrecentaba cuando la noche se iluminaba de una claridad imperturbable, la luna resplandecía y dentro de ella, se sofocaba con un frío lunar, la famosa mujer que hilando e hilando se pasaba sus días, observando la efímera vida del hombre; mientras en la bella warmy, villa de pocas casas y pobladores hacendosos, se veía nadar en soledad y en huraña paciencia a un bello y encantador patito, que resplandecía con la luz lunar, moviendo cautelosamente la cola. Mucha gente a esa hora, soñaba con hacerse de ese patito, para hacer de su corral o de su parcela, no solo una buena camada de patitos brillantes, sino hacerse de una riqueza material, porque el patito estaba hecho del material más noble y vanidoso del reino mineral: el oro.

Nadie se atrevía a ir por el patito la noche en que éste hacia su galante aparición entre las aguas de la acequia, muchos se ingeniaban escrupulosas estrategias, pero a la hora de ejecutarlos, les quedaba corto el alma. Solo tenían la osadía de observarlo de lejos y soñarlo entre sus manos.
El tiempo pasaba, la villa crecía tanto en habitantes como en construcciones de casas, el itinerario de la acequia cambiaba su rumbo, llegaban nuevos pobladores y con ellos nuevas costumbres y otras aventuras.
Los amantes de las muchachas ya provenían de otros lugares y el patito de la acequia, cada vez que hacía su aparición, ya no veía a sus acostumbrados admiradores, eran otros los ojos que le miraban, hasta que un día, de tanto crecer la villa, cortaron la acequia y con ella destinaron a coger otro rumbo al patito, el lugar perdió su misterio y su encanto, ya no se colaba en el alma del lugareño la energía y la virtud del mágico lugar, y con ello también, se perdió la visión mágica del poblador.
La villa se convirtió en pueblo y el patito y la acequia en un grato recuerdo de que alguna vez se soñó con ser el poblador más opulento de la antigua villa.